martes, 7 de agosto de 2012
Epigrama a Juan Marsé contra Francisco Umbral.
Holgaba Francisco Umbral,
tocándose las maracas.
Sus vacas no estaban flacas
y tecleaba sin cesar.
En esto que Juan Marsé,
quien digería su comida,
tuvo de su olla una ida
mientras se dedicaba a leer.
-¡No vale usar sonajero!
-bufó, rencoroso, un murmullo
tras comprobar que el suyo
de bolitas iba huero.
Moraleja Juan Marsé:
mejor que él, no hay ser.
España sólo admite a enanos,
ergo agáchate y nos vamos.
miércoles, 13 de enero de 2010
Epigrama a Arturo Pérez reverte contra Francisco Umbral.
patriota testicular,
vomitó rencor a Umbral,
jactándose de valiente.
Mas, luego, Pérez Reverte
acercóse a El Mundo un día
y, ante cuatro preguntillas,
se salió cagando leches.
lunes, 4 de enero de 2010
Arturo Pérez Reverte el ratoncito valiente.
Muchos recordarán la vomitona de rencor que Arturo Pérez Reverte creyó inteligente dedicar a Francisco Umbral, utilizando para ello su columna de ¿opinión?: «Umbral nunca tuvo nada que decir», «anda muy flojo de lenguas», «sus innumerables intentos frustrados de novelar», «el sexo turbio que impregna sus novelas; más turbio aún cuando imaginamos al propio Umbral practicándolo», «además de ser un periodista que nunca dio una noticia, de que en sus novelas y columnas no haya una sola idea, y de alardear de una cultura que no tiene», «A todo eso añade una proverbial cobardía física», «Cuando me responda, si tiene huevos».
En su vulgar zafiedad de adolescente chuloputesco, no previó Pérez que, cuando tomara el ascensor para descender de su vanidad, quizá alguien decidiera ofrecerle una contestación y, así, acudiendo a un encuentro digital en El Mundo, periódico de la entonces columna diaria de Umbral, y topando con ciertas preguntas alusivas, se vio obligado a tragarse sus testículos para resituarlos en su posición original.
A continuación hubo de hacer un esfuerzo para contener un explosivo y lubrificante apretón mientras abandonaba la redacción del citado periódico a todo correr, saltar y pedorrear, pues a cada paso su potencia muscular flaqueaba, liberando nuevas emulsiones a la par que Pérez lanzaba aullidos tales como: «No me cogeréis viiivooo», «contestadme si tenéis hueeevooos», desplazándose propulsado por sus propias ventosidades.
Hay quien hasta dice que no se terminó el café.
El correspondiente edificio hubo de ser ventilado para eliminar el olor de la valentía de Pérez o, como él diría, el olor de «sus huevos».