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lunes, 12 de diciembre de 2011

Lorenzo Silva, Eugenia Rico, Alberto Olmos y Elvira Navarro defendieron la Ley Sinde.

Hace poco se ha conocido la feliz noticia de que la Ley Sinde se ha ido a tomarporculolandia, porque aprobarla «sería el final del Partido Socialista Obrero Español», según el archiconocido Pepiño. Además, sólo hubiera servido para hacer el gilipuertas durante unos meses. Hasta se ha prohibido Europa, de tan tontolaba que era.

Lo primero un bailoteo:

A tomaar por culo,
matarile-rile-rile,
a tomaar por culo,
matarile-rile-ron.
CHIN-PON.

Ahora vamos a reírnos un poco, porque me acabo de enterar que Lorenzo Silva, Eugenia Rico, Alberto Olmos y Elvira Navarro defendieron la Ley Sinde. De algunos no se sabía.

Lorenzo Silva: «Que alguien me explique -lamenta Silva- por qué el dinero de un creador tiene que ir a parar al dueño de Megaupload».
Pues será porque el autor no es muy listo, el editor tampoco, el librero menos y la industria ni te cuento. ¡Que avise a Megaupload su editorial, con sus becarios que no cobran horas extra! ¡No te jiba!

Eugenia Rico: «cultura del gratis total, responsable de un profundo desprecio por la cultura».
Y ahora dos jovenzuelos que casi salen en ropa interior de casa cuando les dieron la oportunidad de salir a... ¿qué ha dicho que tenemos que apoyar? ¡No a la guerra! Ups. ¿No era eso? ¡No al iPhone! Uy, que tampoco. Pues entonces, ¿qué?

Alberto Olmos: «Alguna medida se tiene que tomar, ¿no? La cultura literaria está muy despreciada y eso tiene que ver con internet, donde la escritura no vale nada, se escribe para Google».
Eso tendrá que ver con la libertad de expresión de Internet, donde no nos pueden engañar con la última de tus novelas. Obsérvese la gilipuertez de escribir para Google, que no significa nada.
Alberto Olmos: «Existe la creencia generalizada de que escribir no tiene mérito. Hasta ahora solo se ha hablado de este tema relacionándolo con el cine y con la música porque es ocio, porque se trata de cómo pasan el rato el domingo viendo “Torrente 4” en el ordenador».
Vamos a ver Albertito: cuando lo que se escribe está al nivel de Torrente 4, pues no, no tiene mérito. ¡Rápido! ¡Hazte fotos! ¡Sal en muchas portadas para suplirlo!

Elvira Navarro: «Me fastidia la esloganización que lleva asociado todo este tema, que te obliguen a polarizarte».
¡Pues haberte quedado en casa, rica! Pero entonces no hay foto. Ups.

Alberto Olmos: «Los que defienden la cultura gratis creen que el resto somos trogloditas y no es así. La gente paga burradas por aparatos electrónicos, pero no por libros, y no se dan cuenta de que sin libro no hay aparato».
Pero es que los aparatos electrónicos no son una basura escrita, hinchada por la propaganda y el amiguismo garrulo. Y no te arrepientes de haberlos comprado. ¿Por qué la gente se compra un iPhone en lugar de comprarse un libro de Alberto Olmos? Porque el iPhone los deja satisfechos.

Lorenzo Silva: «copiar es ilegal y si además te lucras es delito».
Mentir es ilegal y, si ademas se hace publicidad engañosa, es delito.



La piratería es justicia social.

Ñaañaa-ñañaaaña.

jueves, 22 de abril de 2010

El blog Miserias Literarias.

Miserias Literarias es un blog inactivo, pero en él queda consignada la faceta más miserable del mundo español de la industria cultural. Desde las preguntas que pueda hacerse un escritor novel hasta algo de carnaza literaria, pasando por las cifras editoriales y los sinvergüenzas.

Nos habla de los certámenes literarios:

«Bajo esa perogrullesca premisa deberían de regirse la totalidad de los certámenes literarios pero, por desgracia, bien sabemos que no es así. A día de hoy, el mundo editorial se rige por premisas más cercanas a la gesta empresarial que a la reivindicación cultural —cuestión que, tarde o temprano, les acabará pasando factura, no me cabe la menor duda de ello— y los certámenes literarios, por derivación, no son algo ajeno a esta circunstancia».

Y todavía profundiza algo más:

«Uno de los casos más paradigmáticos, recurridos y recurrentes es el premio Planeta. La reciente boutade de Marsé como jurado de la última edición de dicho certamen tan sólo sirvió para hacer notorio —que no público— un supuesto secreto a voces conocido por todos en el milieu literario: que el Planeta es un premio de encargo —baste decir que se negocia hasta con dos y tres años de antelación— instaurado para mayor gloria y promoción de la editorial que lo convoca y que esta no busca sino rentabilizar su inversión galardonando textos que sean fácilmente vendibles —por el carisma de sus autores, por su repercusión, por su renombre o vaya usted a saber porqué— pero que no siempre van acompañados de una deseada calidad literaria».

Eche un vistazo el lector a esta acusación contra el también acusado de plagio Alfredo Bryce Echenique:

«Respecto a la cuestión del encargo del premio Planeta siempre surgen jugosas anécdotas. En ocasiones los encargados no han podido cumplir con los plazos de entrega aunque eso no ha supuesto ningún problema: se le prorroga el plazo durante un año más y se pasa al siguiente en la lista —tal y como le ocurrió recientemente a A.B.E.»

Y a la desvergüenza a que ha llegado la corrupción literaria:

«ya ni siquiera se guardan las formas en este tipo de connivencias. Se mercadea directamente y por lo derecho. Ya no se producen sigilosas llamadas a la vieja usanza dirigidas a los miembros del jurado para medrar en favor de determinado autor o texto: ahora se negocian los premios con los agentes literarios sobre la mesa y a cara de perro —obviamente, con los que tienen el poder suficiente para permitirse esa negociación— aunque, en ocasiones, esos convenios —para regocijo y choteo de los que conocemos el paño— acaben como el rosario de la aurora».

Como ejemplo de lo anterior, eche otro vistazo a esta otra acusación de corrupción contra Eugenia Rico, que involucra directamente a su agente Raquel de la Concha e indirectamente a Lorenzo Silva (ganador del Premio Primavera ese año):

«Verbigracia: E.R., joven escritora de cierto crédito y renombre —pero más tonta que el asa de un cubo, para que nos vamos a engañar… Bueno, esto formaría parte de otra historia—, es instada por su agente, R.D.C. —que previamente ha negociado lo que había que negociar—, a participar en un prestigioso certamen literario en el que se le comunica que tendría “amplias posibilidades de erigirse en ganadora”. Con las mismas, la autora pone a punto un texto, lo presenta a dicho certamen y espera pacientemente a que la llamen para pasarse por caja y recibir el importe del premio. Pero en estas, el destino —que a veces es un poco cabrón— juega su baza y resulta que al mismo certamen llega una novela que supera con creces en calidad a la de nuestra autora y que, casualmente, pertenece a un novelista de cierto impacto mediático —esto, para que se fíen ustedes de las plicas—. Los convocantes del premio vislumbran la gran jugada comercial: premiar la novela que, además de ser infinitamente mejor, proviene de un escritor que les proporcionará incluso más beneficios que su anterior elección pero se encuentran con el pequeño obstáculo de que el trato ya fue cerrado con E.R. Tras arduas deliberaciones, se opta por la novela del escritor y pueden suponer ustedes cómo montaron en cólera nuestra escritora y su agente cuando les comunicaron la decisión. El pifostio llego a tal extremo que tuvieron que prometerle a la joven escritora —y a su agente— el puesto de finalista y una indemnización adicional bajo cuerda “por las molestias causadas” ».